Terapia cognitivo-conductual: mitos y verdades

"Triste época la nuestra. Es más sencillo desintegrar un átomo que superar un prejuicio".
Albert Einstein.
En una ciudad como Buenos Aires, donde las prácticas y la formación universitaria en psicología son preponderantemente psicoanalíticas, circulan ciertos mitos respecto de la TCC fundados principalmente en el desconocimiento. Intentaremos a continuación argumentar algunas respuestas a los prejuicios más frecuentes. La mayoría de las acusaciones que se le dirigen a la TCC parten de tomar como válidos algunos principios y presupuestos de la teoría psicoanalítica. Por ejemplo, que una terapia debe ser necesariamente larga si pretende alcanzar resultados duraderos, que la palabra es necesaria y suficiente en un tratamiento, que los problemas tienen origen infantil, y que únicamente "descubriendo" y hablando de su causa se llegará al fin del padecer. Lo que usualmente ocurre es que tras años de psicoanálisis, un paciente tiene miles de explicaciones sobre su sufrimiento, pero los síntomas siguen tan presentes como al comienzo.
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Los tratamientos de TCC son superficiales. No tienen en cuenta la historia de vida del paciente.
La terapia cognitivo condutual es una terapia focalizada en el problema. El problema del paciente siempre es actual, pero puede tener causas muy lejanas en el tiempo. Es tarea del terapeuta realizar una adecuada historia clínica para detectar cuáles son los orígenes del padecimiento. Pero a diferencia de otras terapias, esta búsqueda tiene un objetivo, está orientada a resolver el sufrimiento que el paciente tiene hoy. No todo rastreo del pasado es necesariamente positivo en un tratamiento. Por ejemplo, está demostrado que hablar de un acontecimiento traumático una y otra vez, sin la aplicación de técnicas adecuadas, puede ser iatrogénico (esto es, empeorar aún más el cuadro). Además, las causas que originaron un problema son generalmente distintas de las causas que lo mantienen, y es sobre estas últimas que deberemos intervenir si buscamos resolver la sintomatología.
- La TCC no trata las causas del problema, por lo tanto, el síntoma retorna.
Muchos estudios de seguimiento han demostrado que esto no es cierto. En algunos trastornos de ansiedad, como la fobia específica y el trastorno por pánico, entre el 80% y el 90% de los sujetos que se sometieron a tratamiento cognitivo-conductual alcanzaron la remisión de su trastorno, y estos logros se mantienen incluso 2 años después de finalizado el tratamiento.
En otras patologías, como el consumo de sustancias psicoactivas, trastornos de alimentación o lrastornos psicóticos, los índices de efectividad descienden abruptamente a un 50%, aproximadamente. Mucha más investigación es requerida en este campo. Aunque no se ha alcanzado una cifra muy alta, es hasta ahora la mejor que se ha reportado, puesto que ningún otro tratamiento ha demostrado alcanzar una efectividad más significativa.
- La TCC no se ocupa de la subjetividad, sino que aplica"recetas" de tratamiento que aplastan la singularidad del paciente.
El hecho de que existan protocolos estandarizados de tratamiento no implica que se apliquen al paciente de un modo estandarizado y uniforme. La TCC cuenta con una gran variedad de técnicas, pero se evalúa cuáles de todas ellas le pueden resultar útiles a un paciente en particular, teniendo en cuenta las características específicas de su problema, su medio ambiente y su personalidad. Por medio del proceso diagnóstico y la evaluación conductual, se adapta el tratamiento a cada persona. Sí es cierto que la TCC ofrece tratamientos específicos para problemas específicos. Del mismo modo en que no cualquier medicamento cura una enfermedad orgánica, no se puede esperar que un único tipo de intervención psicológica alivie la sintomatología de cualquier paciente. En esto nos diferenciamos del psicoanálisis, que aborda con una misma técnica (la regla fundamental de la asociación libre) todas las patologías mentales. Sólo especificando las herramientas utilizadas y los objetivos a alcanzar pueden contrastarse más tarde los resultados logrados, y determinar si un tratamiento fue o no eficaz. Además, de este modo, se hace posible que otros profesionales puedan replicar los resultados de las investigaciones en la práctica profesional.
- La TCC es funcional a los negocios de las industrias farmacológicas.
Es difícil entender de dónde puede provenir este mito, pero se encuentra muy alejado de la realidad. Los terapeutas cognitivo conductuales sugerimos a los pacientes una interconsulta con psiquiatría cuando el trastorno es tan grave que impide la aplicación de las técnicas psicoterapéuticas necesarias para mejorarlo. Esta decisión se toma, principalemente, luego de una buena evaluación del caso, de la interferencia que los síntomas producen en la vida del sujeto (imposibilidad de dormir, comer, trabajar), de la voluntad del paciente y de la evidencia científica con la que contamos respecto de la efectividad de una terapia combinada. Es cierto que para algunas patologías de carácter crónico, la medicación está especialmente recomendada, y como psicólogos científicos no podemos hacer caso omiso a esto.
Pero si la patología no produce graves interferencias, siempre optamos por no medicalizar al paciente. La terapia cognitivo conductual, orientada a la resolución de los síntomas del modo más eficaz posible, justamente intenta que el paciente pueda prescindir de tomar medicación para su trastorno. De hecho, la medicación puede ayudar en un primer momento, pero la TCC intenta que el paciente pueda aprender las habilidades necesarias para mejorar su padecer de un modo sostenido en el tiempo. Los psicofármacos son útiles en un comienzo, pero por sí solos no enseñan al paciente ninguna herramienta de afrontamiento, de modo que al discontinuarlos, el problema retorna. Esto es lo que buscamos evitar con la terapia cognitivo conductual.
La terapia cognitivo conductual necesita mejorarse, no es en absoluto perfecta y mucho menos mágica. Requiere de un gran esfuerzo tanto por parte del terapeuta como del paciente, que trabajan juntos en un marco de colaboración. Su valor reside en que constituye casi el único enfoque que busca validar sus resultados por medio de la investigación científica, intentando construir los mejores tratamientos tanto para las patologías mentales como para los problemas de desarrollo personal.